Escenas de nuestros desperfectos

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Detrás de esa voluntad imposible hay algo más hondo que el deseo de ganar tiempo: hay un encono social, un deseo de venganza y una necesidad de autoafirmación que responde a motivos muy distintos al tráfico.

AQUÍ NADIE SE MUEVE

Nos hemos acostumbrado al mal trato, hasta el punto en que lo reproducimos todos los días en una espiral que acaba siendo una de las causas centrales de nuestra inmovilidad.

Otras ciudades son menos agresivas que la CDMX, quizás porque están menos pobladas.

Pero en la capital del país el problema del movimiento se ha convertido ya en una tragedia social y ecológica, sin visos de solución.

Las escenas que describen este desperfecto –que nos ha llevado a convertirnos en una de las ciudades más congestionadas del mundo— son tan frecuentes que no hace falta mostrarlas con mucho detalle.

En cambio, conviene advertir tres rasgos que se repiten en ellas.

El primero, es el inútil afán de la mayoría de los conductores por ganar unos metros, a costa de impedir el paso de los demás.

Detrás de esa voluntad imposible hay algo más hondo que el deseo de ganar tiempo: hay un encono social, un deseo de venganza y una necesidad de autoafirmación que responde a motivos muy distintos al tráfico.

Por supuesto que dedicar varias horas de vida a moverse entre un sitio y otro produce estrés, frustración e iracundia. Pero detrás de esa obviedad veo también una ausencia de inteligencia emocional y de solidaridad colectiva.

A cada minuto se repite el mismo episodio: un conductor enfadado que hace avanzar su vehículo sobre otro, aun a sabiendas de que no ganará nada, excepto el íntimo orgullo de haber sometido a otro. Un pequeño acto de poder viene acompañado de gestos obscenos e insultos, para subrayar la rabia del agresor.

Algunas veces he imaginado la producción de un anuncio de televisión en el que se muestre, desde arriba de esas escenas, el caos vial que pueden producir esos gestos de poder íntimo. Un vehículo arrojado sobre el paso de otro que, a su vez, genera una fila completa de atascos. A esa escena seguiría otra, en la que se muestren las ventajas de la decisión simple de seguir las reglas de tránsito y el efecto agregado que produciría en la velocidad con la que podríamos movernos por la ciudad.

Me pregunto, sin embargo, si una campaña de cultura vial podría contrarrestar la ruptura social que está detrás de esas disputas.

El segundo rasgo que me salta a la vista es que nuestra cultura cívica –la que pone a prueba nuestra capacidad de convivir en la misma ciudad— no sólo está rasgada por la ausencia de información sino por rencores de clase. Que el chofer de un transporte público someta al conductor de un Mercedes no sólo tiene que ver con la educación cívica del primero, sino con el estatus social del segundo. En una sociedad de castas como la nuestra, la calle no es un espacio de encuentro sino de segmentación y fragmentación.

Esas escenas no responden tanto a la estupidez de la que habla Carlo Cipolla –quien define a un estúpido como aquel individuo que causa daño a otros, sin obtener nada a cambio o, incluso, haciéndose daño a sí mismo–, cuanto a la falta de aprecio por los espacios comunes que, en realidad, son vistos como algo ajeno: la calle como tierra de nadie.

Y para colmo, el tercer rasgo que brota a cada minuto en el atolladero de la ciudad es la falta de autoridad. No sólo por la notoria ausencia de ingeniería de tránsito, sino por la ostentosa ineficacia de quienes deberían garantizar la movilidad urbana: la tolerancia a los abusos sistemáticos de los choferes de los transportes públicos, el cierre inopinado de calles, los defectos de los drenajes que, en cada lluvia, producen razones adicionales para el caos habitual, la construcción de obras públicas en lugares y condiciones inverosímiles, entre un largo etcétera que no hace sino afirmar que, en efecto, la autoridad solo existe para añadirle complejidad al problema.

En suma, el bloqueo de las calles no es sino una reproducción plástica del bloqueo social del país.

Fuente: elmananerodiario